Este artículo es una copia del original y que comparto por su interesante contenido, consultado el 28/12/2023 del autor Luis Santamaría y publicado en Aleteia el 4/9/2017.
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Las supuestas órdenes contemporáneas del Temple, entre la parafernalia y la masonería
Hay
multitud de grupos y asociaciones que dicen ser herederos de los
Templarios. Algunos de ellos pretenden –y a veces lo consiguen– celebrar
alguna Misa o tener en una iglesia sus ceremonias de investidura, entre
otros actos. ¿Qué hay bajo las capas blancas con cruces patadas rojas?
Un mapa de lo más variado
En
primer lugar, nos encontramos con grupos que tienen toda la apariencia
de ser órdenes nobiliarias. En España, por ejemplo, se encuentra la
Orden Soberana y Militar del Temple de Jerusalén (OSMTJ), fundada en los
años 80. Tiene todo un organigrama con maestres y priores, celebra
actos de investidura y juramento… y hasta forma parte de la denominada
Alianza Federativa Internacional Templaria. Según los expertos, se trata
de una “orden ilegítima” que, por supuesto, no tiene nada que ver con
la Orden del Temple original, disuelta en el siglo XIV.
Otro
ejemplo semejante es el de la Soberana Orden Monástico Militar de los
Caballeros Templarios Gran Priorato de Sicilia Federico II de Sicilia,
cuyos miembros son conocidos como “Templarios Federicianos”. Lo mismo
que en el caso anterior, han constituido una plataforma más allá de su
país de origen (Italia), creando la Asamblea Internacional Templaria.
La
lista completa sería interminable. Coinciden todos estos grupos en la
organización de actos con la indumentaria propia de los caballeros
templarios (o damas templarias, en los casos en los que se ha integrado a
la mujer), en la reclamación que hacen de ser los verdaderos sucesores
del Temple originario… y hasta en su insistencia, a veces, en
ser reconocidos por el Vaticano, dirigiéndose a los Papas para solicitar
su restauración (al final de este artículo veremos cuál es la respuesta
permanente de la Santa Sede).
Otros grupos autodenominados templarios son más modestos en sus
pretensiones y en su ámbito de acción. Fundados por personas aficionadas
a lo medieval y a lo misterioso, en muchas ocasiones sirven para
mezclar lo estético, las ínfulas de nobleza y una cierta actividad más
allá de sus ceremonias, ya sea social (beneficencia), ya sea cultural. A
veces incluso pueden tener motivaciones religiosas (católicas). Suelen
ser grupos que no presentan mayores riesgos que la fantasía o, si la
cosa deriva así, una espiritualidad sincretista de tipo New Age.
Y
conectando precisamente con esto último nos topamos con un tercer tipo
de grupos templarios que, con más o menos ambigüedad en su presentación
pública, no son otra cosa que grupos esotéricos, rosacruces y hasta
directamente masónicos. La masonería ha querido hacerse, en gran
medida, sucesora natural de la Orden del Temple, que habría custodiado y
transmitido el saber oculto procedente del Templo de Salomón.
Así que el relato caballeresco se convierte en una tradición
legitimadora muy querida para “los hijos de la viuda” (hermanos
masones).
Un ejemplo de esta ambigüedad que busca la confusión es
el de la “Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén. Estricta
Observancia Templaria”, que utiliza de forma ilegítima el nombre de una
orden de caballería reconocida por la Santa Sede (como veremos más
adelante) y lo mezcla con el elemento templario.
Con motivo del
centenario de la muerte del último maestre del Temple, en el año 2014
representantes de este movimiento intentaron organizar Misas en algunas
diócesis de España. Cuando las diócesis investigaron, descubrieron que
se trataba de una orden iniciática, cuyo líder actual se refería a sus
miembros como “los francmasones de la Estricta Observancia” y afirmaba
sin tapujos que es “una Orden masónica y caballeresca a la vez”.
Y
como este grupo, otros muchos se aferran a la terminología o simbología
templaria para constituir movimientos esotéricos que se apartan
totalmente de lo que fue la Orden del Temple y, sin lugar a dudas, de lo
que es el cristianismo. El neotemplarismo, alentado por la
masonería y diversas corrientes del ocultismo moderno y contemporáneo,
no tiene nada que ver con los templarios medievales.
También
hay que recordar que una de las sectas más conocidas a finales del
siglo XX fue la Orden del Templo Solar, centro de la actualidad en la
década de los 90 porque protagonizó dos episodios de suicidios
colectivos, en Francia y en Suiza, además de otros sucesos.
No hay continuidad histórica
Tal como recoge en un artículo
Miguel Pastorino, Massimo Introvigne afirma que “a comienzos del siglo
XV –como muy tarde– los Templarios habían desaparecido por completo”, y
“la idea de que los Templarios, oficialmente suprimidos, habrían
proseguido clandestinamente su actividad hasta el siglo XVIII, se
difunde sobre todo entre la masonería francesa y alemana”. Y así,
concluye Pastorino, queda claro que “no hay conexión histórica alguna
entre los Caballeros Templarios y el esoterismo moderno”.
Es
sabido que en 1312 el papa Clemente V suprimió la Orden del Temple, en
un episodio histórico controvertido que concluyó, finalmente, con la
ejecución en la hoguera del último maestre de la Orden, Jacques de
Molay, en 1314. En este momento terminó la historia de los templarios.
Además, en la bula Vox in excelso
(1312), el pontífice no sólo disolvió la organización de los monjes
soldados, sino que dejó claro lo siguiente: “prohibimos enteramente Nos
que nadie, en lo sucesivo, entre en la Orden o reciba o use su hábito o
presuma de comportarse como un templario. Si alguien actuare en este
sentido, incurre automáticamente en excomunión”.
El vacío que
dejaron los templarios lo llenaron otras órdenes similares, que
ejercieron algunas de sus funciones o que ocuparon sus lugares para
seguir ejerciendo una labor defensiva, caritativa y eclesial. En las
tierras hispanas, por ejemplo, en la Corona de Castilla cobraron
protagonismo las órdenes –ya existentes anteriormente– de Calatrava,
Santiago y Alcántara, y la Corona de Aragón creó la de Montesa tras la
supresión del Temple.
Lo que ha dicho la Iglesia
En 2012 la Secretaría de Estado del Vaticano publicó un breve documento
puntualizando algunas cosas sobre las “órdenes ecuestres” o de
caballería en relación con la Iglesia Católica. Y no era la primera vez
que tenía que hacer un comunicado sobre este tema, lo que nos da una
idea de los problemas que se generan en torno a lo “caballeresco” y,
concretamente, con muchos grupos que aseguran representar al Temple con
un sentido eclesial.
En este documento se dice claramente que
además de las órdenes propias, “la Santa Sede reconoce y tutela
solamente a la Soberana Orden Militar de Malta […] y a la Orden de
Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén, y no tiene intención de
hacer innovaciones en este sentido”. Es decir, que fuera de las
órdenes erigidas por la propia autoridad papal, sólo hay dos
reconocidas oficialmente por la Iglesia a nivel universal: la Orden de
Malta y la del Santo Sepulcro.
También es importante esa
aclaración de que “no tiene intención de hacer innovaciones”, ya que
algunos grupos aseguran estar en proceso de reconocimiento, en diálogo
con la Santa Sede… pues nada de nada. Una cosa es conseguir la
foto, vestidos con capa y espada, con un cardenal o con un obispo, y
otra cosa es que haya un aval eclesiástico serio.
Por
ello, la notificación continúa diciendo que “todas las otras Órdenes
–sean de nueva institución o derivadas de las medievales– no son
reconocidas por la Santa Sede, no pudiendo la misma hacerse garante de
su legitimidad histórica y jurídica, de sus finalidades y de sus
sistemas organizativos”.
Y termina con algunas indicaciones
concretas: “para evitar equívocos desgraciadamente posibles, también a
causa de la expedición ilícita de documentos y del uso indebido de
lugares sagrados, y para impedir que se sucedan abusos que después
resultan dañinos para muchas personas de buena fe, la Santa Sede
confirma que no atribuye ningún valor a los diplomas de caballería y a
las correspondientes insignias que sean expedidas por asociaciones no
reconocidas, y no considera apropiado el uso de las iglesias y capillas
para las llamadas ‘ceremonias de investidura’”.
Queda claro, entonces, que por
parte de los pastores de la Iglesia, tanto obispos como sacerdotes, no
deben cederse los templos ni entrar en el juego de la parafernalia
templaria, por muy buenas intenciones u obras de caridad que traigan por
delante estos grupos que, como hemos visto, son de lo más
variopinto. De lo contrario, habrá una complicidad directa en la
ceremonia de la confusión. Y a río revuelto…
Este artículo es una copia del original (que uso como repositorio de respaldo) y comparto por su interesante contenido, consultado el 28/12/2023 y publicado en lo que parece ser la página oficial de la Orden.
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Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta
De 1048 a nuestros días
Sedes de la Orden
1048 Jerusalén
El nacimiento de la comunidad religiosa de los Hospitalarios de San Juan se remonta al año 1048, en Tierra Santa. Mercaderes de la antigua república marinera de Amalfi obtienen del Califa de Egipto el permiso para construir en Jerusalén una iglesia, un convento y un hospital dedicado a San Juan Bautista para asistir a los peregrinos.
Bajo la dirección del Beato Gerardo, fundador y primer Gran Maestre, la comunidad religiosa se transforma en una orden religiosa laica. Con la bula del 15 de febrero de 1113,
el Papa Pascual II reconoce a la Orden de San Juan y la pone bajo la
protección de la Santa Sede, concediéndole el derecho de elegir
libremente a sus superiores, sin interferencia de otras autoridades
laicas o religiosas.
El Beato Frey Raymond du Puy sucede al Beato Frey Gerardo a la cabeza de la Orden, y entre 1145 y 1153 redacta la primera Regla
para los miembros de la Orden: todos los hermanos deben ser religiosos,
ligados por los tres votos monásticos de pobreza, castidad y
obediencia, y dedicarse a la asistencia a los pobres y los enfermos.
La constitución del reino de Jerusalén obliga a la Orden a asumir la
defensa militar de los enfermos y los peregrinos, y a proteger sus
centros médicos y las principales vías de comunicación. A la misión hospitalaria se suma pues la defensa de la fe. La Orden adopta la cruz octagonal blanca que sigue siendo, hoy en día, su símbolo.
1291 Chipre
Tras la caída de San Juan de Acre y la pérdida de Tierra Santa en 1291, la Orden de San Juan establece su sede y su hospital en Limassol, en la isla de Chipre,
donde estaba presente desde 1210 gracias a la concesión de importantes
propiedades, privilegios y derechos comerciales. Sigue construyendo allí
nuevos hospitales, fiel a su misión hospitalaria, y aprovecha la
posición estratégica de la isla para organizar una flota naval que
proteja a los peregrinos en la ruta marítima hacia Tierra Santa.
Sigue creciendo el número de miembros llegados de toda Europa,
contribuyendo así a reforzar la estructura de la Orden, que puede
realizar nuevas adquisiciones en las costas mediterráneas, entre otros,
el importante puerto de Famagusta, la ciudad de Nicosia y numerosas
encomiendas.
Dado que la creciente inestabilidad en Chipre impide su expansión en
la isla, los Hospitalarios consideran a la isla de Rodas como la sede
más idónea para la Orden de San Juan.
1310 Rodas
En 1307, bajo la dirección del Gran Maestre Frey Foulques de
Villaret, los Caballeros de la Orden de San Juan llegan con su flota a Rodas. Tras haber completado la adquisición de la isla, en 1310
transfieren allí su sede. Desde aquel momento, la defensa del mundo
cristiano exige la organización de una fuerza naval. La Orden forma una
potente flota y empieza a surcar el Mediterráneo oriental, defendiendo
la Cristiandad en numerosas y célebres batallas.
La independencia de la Orden frente a otros Estados, concedida en virtud
de decretos pontificios, junto con el derecho, universalmente
reconocido, de mantener y armar fuerzas militares y de nombrar
embajadores, constituye la base de la soberanía internacional de la
Orden.
A principios del siglo XIV, los caballeros de la aristocracia europea
que acuden a Rodas se agrupan según sus distintos idiomas, con,
inicialmente, siete grupos de Lenguas: Provenza, Auvernia, Francia, Italia, Aragón (Navarra), Inglaterra (con Escocia e Irlanda) y Alemania. En 1462 se constituye la octava Lengua, Castilla y Portugal. Cada Lengua comprende Prioratos o Grandes Prioratos, Bailiajes y Encomiendas.
La Orden está entonces gobernada por el Gran Maestre (Príncipe de Rodas) y por el Consejo,
acuña moneda y mantiene relaciones diplomáticas con otros Estados. Los
otros cargos de la Orden se atribuyen a los representantes de las
diversas Lenguas, y la sede de la Orden, el Convento, está integrada por
religiosos de diversas nacionalidades.
Después de seis meses de asedio y de crueles combates con la flota y el ejército del Sultán Solimán el Magnífico, los Caballeros se ven obligados a rendirse en 1523, abandonando la isla de Rodas con honores militares.
1530 Malta
La Orden queda sin territorio hasta 1530, cuando el Gran Maestre Frey Philippe de Villiers de l’Isle Adam toma posesión de la isla de Malta,
cedida a la Orden por el Emperador Carlos V con la aprobación del Papa
Clemente VII. Se decide entonces que la Orden permanecerá neutral en las
guerras entre naciones cristianas.
En 1565 los Caballeros, a las órdenes del Gran Maestre Frey Jean de la Valette, defienden heroicamente la isla frente a los otomanos durante el Gran Asedio de Malta. Esta victoria supone el fin de las pretensiones expansionistas turcas en el continente, y se celebra en toda Europa.
El año siguiente se inicia la construcción de la ciudad fortificada y
el puerto de La Valetta, que recibe el nombre del Gran Maestre, su
fundador. Los Caballeros transforman Malta, con grandes proyectos
urbanísticos: se construyen palacios e iglesias, nuevos e imponentes
bastiones defensivos y varios jardines. Florecen la arquitectura y el
mecenazgo artístico. En la isla se erige un nuevo y gran hospital,
considerado uno de los mejor organizados del mundo. También se funda una
escuela de anatomía, a la que siguió la facultad de medicina. La Orden
contribuye, en particular, al desarrollo de la oftalmología y la
farmacología.
Además de estas actividades, la flota de la Orden de Malta participa en
las maniobras más importantes del Mediterráneo en la lucha contra la
flota otomana y los piratas norteafricanos.
1571 La batalla de Lepanto
La flota de la Orden, al mando del almirante Frey Pietro Giustinani,
se une a la Liga Santa, constituida por el Papa Pio V para luchar contra
el avance del Imperio Otomano. El 7 de octubre de 1571 contribuye a la victoria de las fuerzas cristianas en la batalla de Lepanto, que interrumpe la expansión otomana en Europa.
Durante los siglos XVII y XVIII la Orden, que reina en Malta, es un
interlocutor obligado para cualquier Estado que tenga intereses
políticos, militares o comerciales en el Mediterráneo. Famosa en toda
Europa, la escuela naval de Malta forma a numerosos oficiales franceses y
de otras fuerzas navales.
1798 Los años difíciles
Durante la campaña de Egipto de 1798, Napoleón Bonaparte
ocupa Malta por su alto valor estratégico. Los Caballeros se ven
obligados a abandonar la isla, ya que la Regla de la Orden les impide
alzarse en armas contra otros cristianos. El Tratado de Amiens, firmado
en 1802, que establece el derecho soberano de la Orden sobre la isla de
Malta, no se aplicaría jamás.
1799 San Petersburgo
En uno de los momentos más difíciles de su historia, es Rusia
quien acude en auxilio de la Orden de San Juan. A pesar de no ser
católico y sin cumplir los requisitos legales para asumir el cargo, el zar Pablo I
se convierte en Gran Maestre, asegurando así la continuidad de la Orden
en uno de los momentos históricos y políticos más dramáticos de su
larga existencia.
A la muerte de Pablo I en 1801, su hijo Alejandro no reivindica el
cargo de Gran Maestre, que asume el italiano Giovanni Battista Tommasi
en 1803.
1834 Roma
Tras haber establecido su sede primero en Messina, y después en Catania y Ferrara, en 1834 la Orden se establece definitivamente en Roma,
en el entonces Estado Pontificio. Ya liberados de las preocupaciones de
un gobierno temporal y de las empresas militares, los Grandes Maestres
sucesivos pueden concentrarse en desarrollar el carisma original de la
Orden: la asistencia a los pobres y los enfermos.
Durante los siglos XIX y XX, la Orden actualiza sus estatutos, su
Carta Constitucional y su Código. La pérdida de la isla de Malta pone
también fin a la antigua división interna en función de las Lenguas. La
reorganización de la Orden coincide con el nacimiento de las Asociaciones nacionales: la primera es la alemana, en 1859, seguida en 1875 de la británica y en 1877 de la italiana.
Siglos XX y XXI
En la segunda mitad del siglo XIX, la misión originaria de asistencia
médica y social vuelve a ser el centro de las actividades de la Orden,
intensificándose durante el siglo pasado gracias a las iniciativas de
los Grandes Prioratos y de las Asociaciones nacionales presentes en
numerosos países del mundo. Las actividades hospitalarias y de
asistencia se desarrollan a gran escala durante la Primera y la Segunda Guerras Mundiales,
bajo la dirección del Gran Maestre Frey Ludovico Chigi Albani della
Rovere (1931-1951). Durante los mandatos de los Grandes Maestres Frey
Angelo de Mojana di Cologna (1962-1988) y Frey Andrew Bertie
(1988-2008), los proyectos se intensifican aún más, hasta llegar a las
regiones más remotas del planeta.
Este artículo es una copia del original (que uso como repositorio de respaldo) y comparto por su interesante contenido (aunque me pareció tediosa la introducción, artificialmente alargada, sin mucha necesidad, a mi parecer), consultado el 20/12/2023 y publicado en Jot Down.
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“¡Soldados! ¡Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos nos contemplan!” (Napoleón Bonaparte, durante su paso por Egipto)
Dioses, alienígenas y atlantes
Hasta tiempos relativamente recientes,
un aura de misterio rodeaba el origen de una de las más grandes y
antiguas civilizaciones surgidas sobre la faz de la Tierra. ¿Cómo
apareció en las orillas de un anárquico río africano semejante cultura,
capaz de erigir las grandes pirámides, los grandes templos, la Esfinge?
Uno podría decir sencillamente “por las buenas, como en cualquier otra
parte”. Pero lo cierto es que la respuesta en el caso de los egipcios
nunca pudo ser así de simple.
Antes de la aparición de la civilización
egipcia tal y como la conocemos —a finales del Pleistoceno— el Valle
del Nilo ya abundaba en tierras muy fértiles arrastradas por un torrente
fluvial en cuyas riberas merodeaban grupos humanos desde bastante
tiempo atrás. Pero era un hábitat impredecible y caótico en el que
resulta difícil imaginar de qué manera pudieron evolucionar aquellas
gentes, que ni siquiera tenían la posibilidad de intentar llevar una
vida sedentaria, hasta desarrollar una sociedad tan avanzada y compleja
como la egipcia. Hasta hace solamente unas décadas no se había hallado
el “eslabón perdido” arqueológico que ilustrase el florecimiento de la
cultura egipcia en un entorno tan inconstante y difícil de dominar. Se
asumía que un hábitat estable resulta necesario para la génesis
espontánea de una civilización avanzada, una asunción muy razonable por
otra parte. Sin embargo, los últimos mil kilómetros del colosal río
africano —allí donde surgió el imperio de los faraones— no se podrían
describir precisamente como un “hábitat estable”. Más bien al contrario,
el Nilo era eternamente cambiante, inundando la región cada año con un
ímpetu caprichoso e irregular. Dependiendo de cómo y cuánto hubiesen
descargado las lluvias tropicales al sur, en las regiones del Lago
Victoria y Etiopía desde donde el río traía su caudal, los habitantes de
las riberas nunca sabían cuán lejos llegaría el nuevo asalto de las
aguas. Aquellas primitivas tribus, pues, no disponían de un lugar donde
establecerse tranquilamente y erigir una aldea permanente que no fuese
inundada, un hogar donde desarrollar tranquilamente una cultura
avanzada.
Así pues, el surgimiento espontáneo de
Egipto en un paraje semejante resultaba difícil de justificar. Los
propios egipcios lo atribuían a los dioses. Los arqueólogos solían
responder a la cuestión aludiendo a influencias externas, generalmente
la llegada de una cultura extranjera a la región, imaginando que los
egipcios eran en realidad el producto derivativo de una civilización
surgida en otro lugar. Por no faltar, no han faltado ni las
explicaciones más delirantes: desvaríos folclóricos que han vinculado el
origen de Egipto con elementos tan de ciencia ficción como los atlantes
e incluso los alienígenas, aunque lógicamente estas fantasías no
satisfacían más que a los consumidores de revistas y libros
sensacionalistas. En resumen: se necesitaba una versión que casara mejor
con la evidencia arqueológica y el sentido común. Dicha versión se ha
ido construyendo poco a poco, pero como decíamos ha sido durante las
últimas décadas cuando finalmente se ha podido recomponer buena parte
del rompecabezas hasta lograr un relato coherente de la aparición de la
civilización egipcia. No es que lo sepamos todo, pero al menos sí
podemos reconstruir el argumento de la película… sin recurrir a los
extraterrestres.
El griego Heródoto llamó a Egipto «el país con más maravillas que hay en el mundo».
En busca del “Big Bang” egipcio
Subamos a una máquina del tiempo,
tiremos de la palanca de mando y retrocedamos unos 2500 años. Viajaremos
hasta el siglo V antes de Cristo, justo la época en que vivió el
erudito griego Heródoto de Halicarnaso. Para nosotros, habitantes
del siglo XXI, su nombre sugiere una era lejana de la que apenas resta
un puñado de ruinas; imponentes, pero ruinas al fin y al cabo. Es la
Edad Antigua, cuya realidad hoy se nos aparece como en un sueño
desperdigado en fragmentos polvorientos, despojos en forma de vasijas
rotas y utensilios repartidos por excavaciones arqueológicas y museos.
Sin embargo tenemos algo más como
testimonio de la época y es algo que resulta particularmente valioso:
textos escritos por individuos de aquellos años, donde nos hablan acerca
de cómo veían la vida y cuáles eran sus maneras de pensar y de actuar.
Entre esos importantes escritos están precisamente los de Heródoto, un
hombre movido por la curiosidad y el ansia de saber que se empeñó en
recoger con detalle los más importantes sucesos del mundo conocido. Su
gran obra son las ἱστορίαι («Historias»), nueve volúmenes
en los que narraba grandes hechos y de paso describía algunas de las
principales civilizaciones que existían en su tiempo. Es por aquellos
textos que se considera a Heródoto como el “padre de todos los
historiadores”. Pero además de la crónica historiográfica, el testimonio
de Heródoto resulta todavía más importante porque viajó a algunos de
los lugares descritos en sus Historias y registró sus impresiones en primera persona. En el segundo de aquellos libros, titulado Euterpe
—nombre de Musa, ya que cada volumen estaba dedicado a una deidad
distinta— nos retrata Egipto tal cual era cuando él lo visitó, más de
cuatrocientos años antes del comienzo de nuestra era. Su descripción es
lo suficientemente detallada y vívida como para resultar
irresistiblemente fascinante.
Él mismo estaba fascinado también. Así
como nosotros miramos con asombro los restos de la Grecia de aquel siglo
V a. C. y cuando posamos nuestros ojos en esos restos sentimos que nos
asomamos al abismo de los tiempos para atisbar retazos de un pasado
fantásticamente remoto, así mismo sintió Heródoto el vértigo de los
milenios cuando visitó Egipto. Incluso desde su perspectiva, Egipto era
un lugar de ancianidad inmemorial, repleto de monumentos y reliquias que
acumulaban ya por entonces miles de años de existencia. Heródoto
provenía de una civilización avanzada, la griega, pero no pudo evitar
que Egipto lo dejase sumamente sobrecogido. Aunque por entonces la vieja
nación de los faraones ya había perdido buena parte de su poder,
Heródoto entendió que se hallaba ante la más colosal de las
civilizaciones conocidas y que Egipto había constituido el más
impresionante despliegue de grandeza en la historia del ser humano.
Durante su estancia en la región conoció
personalmente a aquellos mismos egipcios que a lo largo de milenios
habían imperado orgullosamente en el valle del Nilo. Cuando visitó el
norte de Egipto, este había sido conquistado por el Imperio persa y
además se habían establecido allí numerosas colonias de inmigrantes
griegos, pero Heródoto pudo comprobar que los egipcios se preciaban de
mantenerse separados de los extranjeros, fieles a sus tradiciones
inmemoriales y cultivando unas costumbres cuyo fundamento se perdía en
las tinieblas de edades ya olvidadas. El historiador fue profusamente
ilustrado acerca del pasado y el presente de Egipto por anfitriones como
los sacerdotes egipcios de Menfis y los colonos griegos que hablaban su
mismo idioma. Pero además de escuchar y anotar aquellos relatos,
Heródoto hizo lo que hoy llamaríamos un auténtico reportaje de
investigación: salió a la calle y observó de cerca la vida de los
ciudadanos de a pie. Mirándolo todo con ojos europeos, quedó asombrado
por el carácter exótico y sofisticado de aquellas gentes que mostraban
hábitos muy diferentes a los de otras civilizaciones mediterráneas
conocidas y estudiadas por él:
En
otras naciones los sacerdotes dejan crecer su cabello, pero en Egipto
los sacerdotes se rasuran la cabeza. Entre otros pueblos, los familiares
de un difunto acostumbran a exhibir el duelo cortándose el cabello,
pero los egipcios, aunque habituados a afeitarse, se dejan crecer el
cabello y la barba durante el luto. Otros hombres viven separados de sus
animales, pero los egipcios viven junto a ellos. En otras regiones los
hombres se alimentan de trigo y cebada, pero un egipcio considera que
rebajarse a comer dichos granos es indigno y se alimentan de olyra,
también llamada espelta. Amasan la pasta con los pies y el lodo con las
manos; también recogen el estiércol. Otros hombres dejan su miembro
viril intacto, pero los egipcios se circuncidan. (…) Son muy
supersticiosos, más que cualquier otro pueblo, y siguen estos
ceremoniales: beben en vasos de bronce, que limpian cada día. No limpian
un día algunos vasos y otros al día siguiente, sino que siempre los
limpian todos. Llevan ropajes de lino y se preocupan mucho de que estén
siempre bien lavados. Se circuncidan por motivo de higiene y prefieren
mostrarse aseados a ser bellos. Los sacerdotes afeitan todo su cuerpo
cada dos días, para que ningún piojo o sabandija halle lugar en ellos.
(…) Los egipcios, debido a la peculiaridad de su clima y al río en el
que viven, que no se parece a ningún otro río, han desarrollado para
casi todos los aspectos de la vida costumbres que son contrarias a las
de los demás pueblos.
La Gran Pirámide tenía ya dos milenios de antigüedad cuando un pasmado Heródoto puso sus ojos en ella.
Ese carácter distintivo del ciudadano
egipcio le hablaba de un pueblo con una historia tan larga que, aun en
las vicisitudes de la decadencia, parecía considerarse en un plano
diferente y superior al de otras gentes del mundo. Los egipcios del
siglo V a. C. sabían que Egipto había sido un gran imperio incluso en
remotas épocas donde muchos otros pueblos del planeta apenas habían dado
sus primeros pasos allende la entrada de la caverna. Los egipcios
tenían la impresión de ser la nación más antigua de la tierra, la cuna
del hombre moderno, y a decir verdad no andaban muy desencaminados. Pero
lo que más cautivó la imaginación de Heródoto fue el extraordinario
legado monumental de lo que definió como “el país con más maravillas que
hay en el mundo”. No nos resultará difícil ponernos en el lugar del
escritor heleno para comprender su asombro, porque la Gran Pirámide de
Keops ya tenía dos mil años de antigüedad (¡dos mil años!) cuando
Heródoto posó sus ojos en ella. Semejante prodigio —la única de las
Siete Maravillas del mundo antiguo que todavía queda en pie— era la
edificación de mayor altura que existía por entonces sobre el planeta, y
si su colosal presencia continúa descolocándonos en la actualidad, cabe
suponer la hondísima impresión que dejó en un griego del siglo V a. C.
Tal grado de monumentalidad era completamente desconocido más allá de
las fronteras egipcias. El Imperio romano, por poner un ejemplo, ni
siquiera existía todavía: la República romana estaba prácticamente en el
parvulario. Aquellas construcciones no solamente eran las más antiguas,
sino también las más enormes, bellas e imponentes que cabía concebir en
la imaginación. ¿Cómo no sentirse sobrecogido ante semejantes visiones
del pasado? Aunque parezca mentira, el origen de la cultura egipcia
estaba más alejado de Heródoto en el tiempo, de lo que el propio
Heródoto lo está de nosotros mismos. Si para nosotros Heródoto
representa la Edad Antigua, para él la Edad Antigua estaba representada
por Egipto.
También se sintió fascinado por el alto
grado de conocimiento que los egipcios tenían acerca de su propio
pasado; se trataba de un pueblo culto que desde muchos siglos atrás
llevaba un cuidadoso registro de los acontecimientos históricos, si bien
les danzaban las fechas debido al uso de diversos sistemas de medición
temporal que habían variado a lo largo de los milenios. Sin embargo,
aquella historia tan longeva se remomntaba a un punto remoto —el origen—
del que no quedaban datos fidedignos. Solamente existían explicaciones
mitológicas para responder a la gran pregunta “¿De dónde surgió
Egipto?”. Estas explicaciones involucraban a dioses, semidioses y hechos
fantásticos; mitos que le fueron transmitidos a Heródoto por sus
anfitriones y que él escuchó con sumo interés. A falta de información
mejor y aun sin creerse estas leyendas, las daba por buenas porque
constituían el único conocimiento accesible sobre el Egipto
prehistórico. Ni siquiera la memoria colectiva parecía recordar aquellos
tiempos fundacionales, así que únicamente restaba recurrir al mito. De
todos modos, ese mito era la explicación habitual para muchas otros
misterios de aquellos tiempos (no debería extrañarnos, ya que hoy están
quienes hablan de la Atlántida y naves espaciales).
Tampoco los propios historiadores
egipcios gozaron mejor suerte al buscar pistas sobre su propio origen.
Doscientos años después de que Heródoto hubiese escrito sus impresiones,
fue un sacerdote del culto a Ra, Manetón, quien trabajó afanosamente para construir una muy elaborada Historia de Egipto(originalmente Αίγυπτιαχά,
porque pese a ser egipcio escribía en griego, que era la lengua culta
del momento). Todavía hoy nos basamos en esa obra para dividir la
crónica egipcia en diferentes períodos dinásticos. Manetón rebuscó en
los archivos y las inscripciones de los monumentos, investigó
incansablemente en los archivos recopilando todo el material
historiográfico posible. Después se aplicó en la reconstrucción del
gigantesco rompecabezas. Al contrario que Heródoto, él sí conocía la
lengua egipcia y podía descifrar sus escrituras. Sin embargo, a medida
que descendía hasta la era predinástica, terminaba topándose también con
la mitología. Manetón se encontró con que el pasado era demasiado
lejano y que aprehenderlo de manera coherente resultaba imposible.
Inscripción con una lista de reyes, como las que estudió Manetón para dividir la historia de Egipto en dinastías.
Y no es que podamos culpar a Manetón de
haber dejado escapar pistas; más bien al contrario, su trabajo fue
admirable y asombrosamente concienzudo. Pero todavía no disponía de unas
técnicas arqueológicas con las que indagar eficazmente en el pasado. Ni
él, ni nadie hasta mucho tiempo después, de hecho. El misterio se
mantuvo durante dos mil años más hasta la llegada de la era moderna.
Durante los siglos XIX y XX se produjo una explosión del interés por la
historia del antiguo Egipto y un auge de la egiptología occidental, la
cual empezó a apoyarse en evidencias arqueológicas para elaborar su
propia justificación del ignoto origen de aquella civilización. En un
principio se recurrió a explicaciones condicionadas por una información
incompleta. Dicho de otro modo: muchos asumían que la aparición de una
cultura tan adelantada en aquella región de África tuvo que deberse a la
influencia de un invasor exterior —procedente de un foco civilizado de
Oriente Próximo, como Mesopotamia— que habría introducido grandes
avances entre los habitantes nativos, más primitivos, de las riberas del
Nilo. El paso de la primitiva prehistoria al Egipto que todos conocemos
habría sido facilitado por la llegada de invasores del norte portadores
de nuevos conocimientos como la agricultura, favoreciendo un progreso
cultural y tecnológico que terminaría cristalizando en el Egipto de las
grandes dinastías. Esta hipótesis casaba con la línea de pensamiento
predominante en la historiografía europea —quizá teñida de cierto
etnocentrismo, todo sea dicho—, la cual defendía una génesis
euroasiática para toda gran civilización avanzada. Y además no parecía
haber indicios materiales de una versión alternativa o sencillamente no
se supieron buscar e intepretar. Sin embargo, con el transcurso de
posteriores investigaciones nuevos descubrimientos arqueológicos
empezaron a mostrar que la civilización egipcia sí pudo empezar a
desarrollarse por sí misma desde los orígenes paleolíticos. Es más, pudo
haber iniciado su andadura incluso antes de la época que se había
supuesto y sin necesidad de haber sido “iluminada” por un
benefactor-invasor del norte. Según aquellos nuevos hallazgos, Egipto
fue una civilización genuinamente africana incluso en su origen.
Lo más curioso, sin embargo, es que el
desarrollo inicial de la cultura egipcia no habría tenido lugar
necesariamente en torno al Nilo. ¿Pudo ocurrir que los egipcios, tal y
como los conocemos, empezasen a conformarse alejados de las orillas del
río con el que inevitablemente los asociamos?
Hace unos cuantos miles de años…
Remontémonos todavía más en el tiempo,
hasta la Edad de Piedra, concretamente a finales del periodo mesolítico.
En el nordeste de África, por lo demás una región árida y casi
completamente cubierta por el desierto, el caudaloso río Nilo constituía
la única arteria portadora de vitalidad y sus riberas eran
prácticamente el único lugar habitable. En sus orillas se multiplicaban
plantas y animales que servían como sustento a unas primitivas
poblaciones humanas que deambulaban de aquí para allá buscando algo que
echarse a la boca. Al menos desde finales del Pleistoceno estuvo el
valle del Nilo habitado por tribus dedicadas a las formas más arcaicas
de existencia: la caza y la recolección de frutos, raíces y demás
vegetales comestibles disponibles en la naturaleza salvaje. Aquellos
grupos de cazadores no abandonaban las inmediaciones del río, ya que más
allá de las húmedas riberas únicamente existía un inhóspito e
interminable vacío de arena en el que no había agua ni comida y donde el
clima era verdaderamente terrible.
El río Nilo se desbordaba todos los años, haciendo imposible erigir ciudades permanentes en sus orillas.
Cierto es que en torno a las orillas del
río abundaban los recursos alimenticios, pero no por ello la vida allí
resultaba fácil. El valle del Nilo, como decíamos al principio, era un
entorno eternamente cambiante: una vez al año las tremendas crecidas
sumergían las tierras del valle por las que vagaban las tribus humanas
en busca de comida. La magnitud de aquellas inundaciones resultaba
completamente imprevisible. El río seguía ciclos dependientes de los
cambios climáticos del interior del continente y lo mismo aumentaba su
caudal provocando enormes y violentas crecidas que anegaban amplias
extensiones de terreno, como al año siguiente disminuía aportando menos
agua de la prevista, provocando que las riberas estuviesen más secas y
fuese menos abundante el alimento. En mitad de semejante inestabilidad
ambiental, aquellas primitivas tribus se las arreglaban para sobrevivir…
pero poco más que eso. No estaban en condiciones de evolucionar y
desarrollar una cultura compleja, condenados como estaban a ir y venir
al dictado de los caprichos del poderoso río. Todavía no disponían de
herramientas tecnológicas que permitiesen sacar provecho del fértil
aluvión que dejaban tras de sí aquellas crecidas. Cazadores nómadas sin
un hogar, no conocían la agricultura y lo único que podían hacer era
perseguir a sus presas mientras avanzaban y retrocedían al compás de las
inundaciones. Además, aquel terreno pantanoso y cálido escondía muchos
otros inconvenientes: estaba repleto de cocodrilos, hipopótamos y
alimañas varias como serpientes e insectos, especialmente las
incontables legiones de simpáticos mosquitos. En las riberas había
comida, sí, pero también bastantes motivos para andarse con mucho
cuidado.
Con todo, el balance entre recursos e
inconvenientes era favorable a los primeros. El Nilo, al menos, permitía
una supervivencia básica que resultaba impensable en los áridos
alrededores, en el desierto del Sahara. Así pues, durante bastantes
milenios aquellos hombres de la Edad de Piedra salieron adelante en
mitad de ciertas dificultades pero con abundante comida silvestre a su
disposición.
Sin embargo, hace unos 12.000 años
(sobre el año 10.000 a. C. de nuestro calendario) se produjo un
acontecimiento que determinaría el destino de aquellas gentes para
siempre: el cambio climático. Finalizó una larga etapa conocida como la
Glaciación de Würm, que había durado 70.000 años, lo cual trajo consigo
una inesperada modificación de los patrones climáticos a nivel
planetario. En África, las lluvias anuales del monzón tropical que hasta
entonces solían limitarse al centro del continente se desplazaron hacia
el norte. De repente, una vez al año, una torrencial descarga de agua
caía sobre pleno desierto del Sahara. Durante los siguientes cuatro
milenios —y esta es una imagen que probablemente nos resulte bastante
chocante hoy— el Sahara disfrutó de una intensa estación húmeda: cada
año, en determinada época, llovía abundantemente sobre el desierto. Como
consecuencia lógica, el paisaje en muchos rincones del Sahara iba a
cambiar. Aquellas copiosas precipitaciones estacionales propiciaron la
aparición de grandes oasis en lugares donde el terreno ofrecía
depresiones y cuencas que ejercían como embalses naturales para la
recogida de agua. Es decir: aparecieron nuevos y numerosos lagos en
mitad del Sahara. En sus orillas se gestaron unos microclimas mucho más
benignos que los del desierto circundante, donde crecía la vegetación,
incluyendo pastos que podían alimentar a manadas de herbívoros: bóvidos,
asnos silvestres, incluso avestruces (mucho más tarde, la pluma de
avestruz sería el símbolo de la corona egipcia, lo cual estaba
inesperadamente unido a la difusa memoria colectiva de tiempos muy, muy
arcaicos). También crecían árboles que ayudaban a proteger aquellos
oasis del sofocante calor. Cuando los habitantes del Nilo descubrieron
la aparición de estos lagos se dieron cuenta de que allí les resultaría
mucho más fácil buscarse la vida. Ofrecían un escenario más tranquilo
para cazar y recolectar frutos que las inestables riberas del río, así
que muchas tribus comenzaron a mudarse hacia el interior del desierto
occidental. En consecuencia, la población del valle del Nilo decreció
considerablemente a la par que aumentaba en los oasis lacustres del
Sahara. En los lagos tendría lugar la evolución hacia otros tipos de
subsistencia más avanzada, mientras que las poblaciones que
permanecieron en las orillas del Nilo experimentarían una evolución
bastante más lenta (aunque allí también hubo cierto avance y los grupos
de cazadores terminaron por lo general reconvirtiéndose en pescadores).
Las tribus de los oasis ya no llevaban
una existencia encadenada a las crecidas del río, aunque se veían
sujetos a otro ciclo: el de la estación de las lluvias. El monzón
africano era irregular, más que el asiático. Si algún año flojeaban las
precipitaciones, los lagos más pequeños y vulnerables podían llegar a
consumirse durante la estación seca, con la consiguiente falta de
alimentos y los problemas de las tribus locales para intentar salir
adelante. De todos modos, aun con aquella posibilidad de sequías, el
nuevo hábitat lacustre resultaba más predecible y fácil de manejar que
la cuenca del Nilo. Así que cuando las lluvias no les fallaban, aquellos
humanos podían permanecer más tiempo en un mismo lugar y llevar una
vida más reposada y tranquila, requisito fundamental para la consecución
de determinados avances. Pasaron del nomadismo a un seminomadismo que
propició una aceleración de su progreso cultural.
Un
oasis lacustre en mitad del Sahara actual, que ilustra cómo pudo ser
aquel hábitat durante los cuatro milenios de lluvias tropicales en los
que allí abundaban lagos de muchos tamaños.
El surgimiento de una nueva sociedad
Durante las épocas en que no se veían
obligados a moverse a causa de la sequía, los clanes de los oasis podían
ir adquiriendo nuevos conocimientos que mejoraban la relación con su
entorno. Paulatinamente fueron aprendiendo a domesticar algunos de los
animales que los rodeaban; así dejaron de ser cazadores para dedicarse
al pastoreo seminómada, aprovechando aquella hierba que bien daba como
para alimentar al ganado. El pastoreo era más productivo, no tan cansado
y mucho menos peligroso que la caza. Más adelante aprendieron incluso a
domesticar plantas: una vez conocido el secreto de la siembra y la
cosecha pudieron crear sus propios huertos, procurándose una fuente más o
menos regular de hortalizas, legumbres, gramíneas (como el sorgo y el
mijo) e incluso alguna que otra fruta (las cuales, por cierto, siempre
escasearon en Egipto). Aquello marcaba el inicio de una producción
agrícola a pequeña escala que serviría como base para soportar
poblaciones más numerosas en un futuro. Así la agricultura egipcia
nació, sorprendentemente, en mitad del Sahara y no a orillas del Nilo.
Es más, la aparición de la actividad agrícola en la región fue anterior
incluso a la de Oriente Medio, así que la agricultura no fue una
importación de pueblos orientales como se pensó durante bastante tiempo.
El
pequeño crónlech de Nabta Playa: un calendario astronómico de piedra
casi dos mil años anterior al de Stonehenge. Créditos: Raymbetz
Aquella migración masiva del año 10.000
a. C facilitó pues una progresiva evolución desde la caza y la
recolección del Nilo hacia el pastoreo y la agricultura de subsistencia
del Sahara. Durante los cuatro milenios en que la región fue mucho más
habitable, aquellos hombres y mujeres llegaron a sentirse lo
suficientemente confortables como para poder desarrollar una cultura que
con el paso de los siglos llegaría a convertirse en la civilización de
los faraones. Así parecen indicarlo yacimientos arqueológicos situados
en el interior del desierto o cerca de los bordes mismos del valle del
Nilo; yacimientos como el de Nabta Playa, situado en el sur de Egipto
—alejados unos cien kilómetros de las orillas del río— en donde se
hallaron restos de una de aquellas poblaciones humanas que sacaban
provecho a lo que una vez fue un lago alimentado por las precipitaciones
monzónicas. Culturas como la de Nabta Playa seguían teniendo un
carácter seminómada pero llegaron a conseguir un dominio más avanzado de
la agricultura e incluso se familiarizaron con la astronomía y el
calendario. Disponían de instrumentos para determinar el momento del año
en que se encontraban, así como para intentar predecir la llegada de la
estación de las lluvias. Uno de aquellos instrumentos, por ejemplo, era
una construcción de piedras dispuestas en círculo con una función
astronómica. Todavía se conserva y podríamos apodarla como “el
Stonehenge del Sahara”… aunque en realidad es 1000 ó 2000 años más
antiguo que el propio crónlech de Stonehenge.
La presencia de megalitos —grandes rocas
obtenidas en otro lugar y transportadas hasta el emplazamiento
definitivo— nos habla también de que habían desarrollado un elevado
nivel de organización, que podían trabajar coordinadamente y realizando
esfuerzos en común bajo la planificación de sus primeros ingenieros.
Empezaron a diseñar construcciones que iban más allá de la simple
cabaña, como esculturas de cierto tamaño y tumbas cubiertas por grandes
losas de piedra que parecen indicar el enterramiento de caudillos y
personajes importantes. Su ingeniería había dado un salto cualitativo y
eran capaces de construir pueblos que parecían seguir una planificación
arquitectónica previa —incluidas estructuras subterráneas— en una época
donde muchos otros grupos humanos del planeta todavía no habían
abandonado las cavernas. También empezaron a adoptar creencias
religiosas complejas en las que los cielos, el sol e incluso el ganado
tenían un papel preponderante, además de un elaborado culto al Más Allá,
emparentándolos con la futura religión de los faraones. Enterraban a
sus muertos con ofrendas como alimentos y aperos de caza que facilitasen
su tránsito al otro mundo, orientando los féretros hacia la puesta del
sol porque aquella era la dirección por la que se entraba al mundo de
los muertos (poniente era el lugar donde «moría» el sol cada atardecer).
Si bien todavía no podían permitirse el lujo de llevar una existencia
total y completamente sedentaria, sí establecieron aldeas que únicamente
abandonaban cuando la sequía y la falta de alimentos les forzaban a
ello, aunque presumiblemente regresaban a ellas en cuanto las
condiciones lo hacían posible. Esto es: aparecieron poblaciones
compuestas por edificaciones persistentes. Aquellos cuatro mil años de
estabilidad climática posibilitaron que las antiguas tribus paleolíticas
se fuesen transformando en el embrión de Egipto.
Se van las lluvias, hay que emigrar de nuevo
Vasija neolítica adornada con dibujos de botes de pesca, vegetación y pájaros.
Pero nada dura para siempre y la
tranquila era de los oasis también terminó. Hacia el año 6000 a.C. se
produjo un nuevo cambio climático y se revirtió el patrón que había
imperado durante los cuatro milenios anteriores. Las lluvias monzónicas
volvieron a desplazarse hacia el sur, abandonando el desierto para
siempre. Los lagos del hasta entonces reverdecido Sahara comenzaron a
agostarse uno tras otro, para finalmente extinguirse por completo. La
crudeza del mar de arena comenzó a reclamar sus antiguas posesiones y
los habitantes de aquellos oasis vieron que su relativamente cómoda
existencia como pastores y horticultores ya no encontraba acomodo allí.
Como quisiera que las agradables praderitas lacustres languidecían y
morían, no les quedó más remedio que hacer el equipaje y marcharse en
busca de un lugar mejor para vivir: se produjo una nueva oleada
migratoria que seguía el camino inverso a la de 4000 años atrás. Si bien
algunos grupos humanos persiguieron a las lluvias hacia el sur
estableciéndose en el Sahel —la franja semiárida que todavía hoy separa
el África dorada y desértica de esa otra África verde de la sabana—, la
mayoría de los habitantes del Sahara tomaron el camino más fácil y
volvieron a establecerse a las orillas del Nilo, junto a las poblaciones
más primitivas de cazadores y pescadores que habían permanecido allí
por 4000 años.
Sin embargo, los hombres y mujeres que
ahora se reasentaban junto al río eran muy distintos de aquellos
antepasados que se habían marchado milenios atrás. Ya no eran cazadores y
recolectores, sino que poseían un arsenal de conocimientos técnicos que
les permitía enfrentarse con más éxito al volátil humor del torrente
fluvial. Ahora sabían cómo cuidar el ganado, en el que además de vacas
empezó a haber cabras, ovejas, asnos y cerdos. También sabían cómo
cultivar y cosechar sus propios vegetales, cómo excavar pozos, cómo
construir cabañas dotadas de huertos, fogones, chimeneas e incluso camas
de piedra; sabían como medir el tiempo y poseían considerables nociones
de astronomía. Ahora sí podían intentar aprovechar las hasta entonces
catastróficas crecidas del Nilo. Acostumbrados a ingeniárselas en mitad
de los vaivenes hídricos de los lagos del interior, no tardarían en
descubrir la manera de exprimir las posibilidades de aquella tierra
negra de aluvión que el Nilo traía consigo desde el corazón del
continente, la cual quedaba al descubierto cuando las inundaciones
remitían. Todo lo que aquellas tribus tenían que hacer era plantar sus
cultivos al retirarse la última inundación y cosechar justo antes de que
se produjera la siguiente. Para cuando el río volvía a crecer y anegaba
nuevamente el terreno cultivable, las tribus ya tenían sus graneros
llenos, puesto que almacenaban alimentos (ahora también el trigo y la
cebada) en silos erigidos al efecto. La productividad del terreno de
aluvión —de hecho una de las tierras más fértiles del planeta— facilitó
una sociedad de granjeros en la que se producía un creciente excedente
de comida y en consecuencia un incremento de la población. Los
inmigrantes del Sahara dominaban manufacturas como la alfarería, la
cestería y la confección de tejidos de lino y cuero. También disponían
de instrumentos muy cuidadosamente labrados en sílex, hueso e incluso
marfil, los cuales eran cada vez más delicados y de diseño más estético,
entre los que abundaban incluso los accesorios para el aseo personal
(incluida la aplicación de cosméticos). También eran comunes los
accesorios ornamentales para la vestimenta y los amuletos. Aquellos
arcaicos egipcios vivían ya lo suficientemente bien como para
preocuparse mucho por su aspecto.
Durante mucho tiempo, eso sí, siguieron
habitamdo la región en condición de seminómadas. Al contrario de lo que
sucedería en otras culturas como la de Mesopotamia, los egipcios no
podían fundar ciudades junto al Nilo Como les había ocurrido a sus
antepasados, se veían forzados a avanzar y retroceder según el capricho
de las crecidas, ya que no tiene mucho sentido intentar construir una
vivienda permanente allí donde el agua terminará apareciendo tarde o
temprano. Y dado que dichas crecidas podían ser mucho más extensas de lo
normal sin previo aviso, no había forma humana de fundar una aldea
permanente cerca de los cultivos del aluvión y tener la garantía de que
no terminaría inundada. Quizá por ese motivo la evolución de la
actividad agrícola egipcia pareció de repente estancarse y acumular
cierto retraso con respecto a la agricultura surgida más recientemente
en regiones como Oriente Medio. Es probablemente que este estancamiento
fuese lo que llevó a pesnar durante un tiempo que los egipcios habrían
evolucionado hacia la agricultura como consecuencia de la llegada de
extranjeros que les enseñaron a labrar la tierra, ya que tras regresar
al Nilo sus propios cultivos parecían más primitivos que los de otros
lugares del mundo conocido. Con todo, aquellos clanes neolíticos seguían
evolucionando y yacimientos como los de El Fayum y Merimde-Beni-Salame
al norte del país o el de El-Badari al sur, parecen indicar ya un
considerable grado de sofisticación, además de la diferenciación
cultural entre el Bajo y el Alto Egipto que se mantendría durante el
resto de su historia.
La granja, elemento básico del retorno al Nilo.
Hacia el 4000 a. C. llegó a Egipto la
Edad de los Metales. Las técnicas metalúrgicas empezaron a extenderse
por el cauce del Nilo, aunque en este caso sí las aprendieron de sus
contactos con los pobladores de Oriente Medio, donde hacia el 5500 a.C.
habían surgido culturas mesopotámicas que sabían cómo trabajar el cobre y
el plomo. Los primitivos egipcios habían ido ocupando territorios cada
vez más extensos, contactando con otros pueblos, y además se había
iniciado el intercambio marítimo. Así irrumpieron en Egipto nuevas
tecnologías desarrolladas en el extranjero. Los egipcios, eso sí, se
veían obligados a adquirir ciertas materias primas —muy especialmente
los metales— mediante el comercio exterior, comprándoselas a los
habitantes del Sinaí, de Nubia o de las orillas del Mar Rojo. La tierra
de aluvión era muy fértil pero apenas podía encontrarse materias primas
como el metal o la madera, y solamente abundaban minerales como el
sílex, muy apropiado para construir útiles aunque menos resistente que
el metal. Ello explica que Egipto, aun después de haber descubierto la
metalurgia, continuara siendo una cultura muy aferrada a la piedra.
La llegada de la metalurgia, en todo
caso, posibilitó la construcción de nuevas herramientas y por ende el
desarrollo de técnicas punteras de construcción. Los egipcios estaban
forzados a agudizar el ingenio debido a las particulares condiciones de
su entorno y pronto volverían a sobrepasar a sus contemporáneos en
cuanto a desarrollo tecnológico: gracias al metal se produjo otro
considerable salto en su ingeniería y comenzaron a aplicar novedosas
ideas para hacer frente al neurótico Nilo. Ahora podían trabajar más
eficazmente la piedra. Construyeron diques y canales, infraestructuras
que les permitían controlar y desviar las inundaciones en determinados
puntos del trayecto fluvial, con lo que podían salvaguardar algunos
terrenos del asalto de las aguas. Así (¡por fin!) tuvieron la
oportunidad de fundar asentamientos fijos desde donde llevar una vida
sedentaria que les permitiese dedicar más tiempo y esfuerzo a su propia
evolución cultural. Nacieron sus primeras ciudades y dio comienzo el
llamado periodo predinástico, en el que aparecieron reinos bien
definidos y se siguieron conformando varias de las características que
asociamos al Egipto clásico. Con el sedentarismo, cómo no, también se
renovó su tejido industrial. La creciente productividad agrícola,
pesquera y ganadera de las ciudades y sus arrabales permitió que cada
vez más personas pudiesen habitar la cuenca del Nilo. Con una mayor
población, más individuos se dedicaban a tareas creativas, científicas y
administrativas. Dicho de otro modo: había más cabezas para generar
nuevas ideas, había más brazos para ejecutar esas ideas y había unas
autoridades centralizadas y fuertes para ordenar que efectivamente esas
ideas fuesen ejecutadas. Finalmente, tras varios miles de años, los
habitantes de la región habían aprendido a convivir con el ingobernable
Nilo y a extraer de él todos los frutos posibles sin tener que vagar
constantemente de aquí para allá.
Los restos arqueológicos muestran que
comenzaron también a importar piedras preciosas, lo cual, además de
demostrar que su comercio exterior estaba floreciendo considerablemente,
es signo de una creciente división social y una alta sofisticación. La
ornamentación de su cerámica, amuletos y demás utensilios se hizo
todavía más rica. La planificación urbana y la arquitectura de las
propias viviendas también se tornó más compleja, como sabemos por
algunos enterramientos de personajes importantes en donde se han
encontrado maquetas a escala de los inmuebles propiedad del difunto (una
manera de que tuviese un hogar en la otra vida; ¡eso sí es atarse a una
hipoteca!). Sus ritos funerarios y religiosos también seguían
evolucionando, incluyendo ya las primeras representaciones de los dioses
que veríamos más tarde en el panteón egipcio del periodo dinástico.
Después del año 3500 a.C. comenzaron a erigirse los primeros templos de
gran tamaño, aunque algunos todavía estaban hechos con ladrillos de
adobe y no con piedra. Pero era el primer paso hacia maravillas como las
pirámides. La aparición de construcciones cada vez más elaboradas nos
habla no solamente de una creciente especialización del trabajo, sino de
una lenta y progresiva subdivisión en clases sociales más definidas:
con el transcurrir de los siglos terminarían surgiendo aristócratas,
sacerdotes y escribas; también artesanos y comerciantes, además de los
granjeros y pequeños agricultores, ganaderos, pescadores… aunque en las
zonas más áridas, especialmente del Alto Egipto, continuaban
concentrándose algunos grupos más empobrecidos de pastores e incluso
cazadores que todavía llevaban una existencia nómada y primitiva, pero
que ahora constituían poblaciones marginales en lo que era ya una
civilización avanzada y floreciente. También se extendió la escritura
—como los famosos jeroglíficos—, lo que realmente marcaría la entrada de
Egipto en la Historia.
En resumen, estos fueron los orígenes:
migraciones masivas a los grandes oasis de un Sahara donde caían lluvias
torrenciales y el posterior retorno hacia el Nilo. Más adelante vendría
la unificación de los dos Egiptos con sus sucesivas dinastías; los
gigantescos templos, los obeliscos, las tumbas faraónicas, los palacios,
las pirámides. En definitiva, la civilización egipcia tal y como
nuestra común imaginación la concibe. En una progresión lenta pero
segura, el Nilo vio cómo sus modestas agrupaciones de cazadores habían
metamorfoseado en una sociedad fascinante e increíblemente compleja,
bastante más sofisticada que ninguna otra que hubiese por entonces en el
mundo. No fueron los dioses, ni los atlantes, ni los extraterrestres,
sino largas etapas de cambios climáticos las que posibilitaron la
aparición de Egipto. A Heródoto y Manetón, sin lugar a dudas, les
hubiese encantado saberlo. Hoy, la vieja cultura egipcia hace ya mucho
que se extinguió —los agonizantes vestigios, incluyendo los últimos
jeroglíficos conocidos, datan del siglo IV de nuestra era—, pero es
precisamente en nuestra época moderna cuando empezamos a conocer mejor
el nacimiento de una civilización tan única que algunos incluso
quisieron pensar que procedía de otro planeta.
Aunque, bien mirado, un planeta donde llovía en el Sahara era realmente otro
planeta. Si hoy realmente nos sobreviene un cambio climático, quién
sabe en qué nos convertiremos. Quizá dentro de dos mil años habrá un
Heródoto que contemple con fascinación nuestros rascacielos ya vacíos y
se pregunte «¿de dónde surgió aquella gente?».
Diferencias entre los términos "israelí", "israelita", "hebreo" y "judio"
Este artículo es una copia del original (que uso como repositorio de respaldo), consultado el 14/12/2023, desconozco el autor y parece haber sido publicado el 7/7/2014 en la página de FundéuRAE. Ésta es la Fundación del Español Urgente; una institución sin ánimo de lucro que tiene como principal objetivo impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación. Es promovida por la Real Academia Española (RAE) y la Agencia EFE.
Si vas a citar el artículo, hazlo de la fuente original.
israelí no es lo mismo que hebreo, judío e israelita
El término israelí es el adecuado en alusión al moderno Estado de Israel, mientras que israelita, hebreo y judío remiten más propiamente al antiguo pueblo semítico y a la religión.
Israelí designa a aquellas personas que han nacido en el moderno Estado de Israel o, en general, a los que viven en él con independencia de su origen, lengua o religión. Igualmente, el término israelí
es el adecuado para referirse a cualquier institución política u
organización de dicho Estado, así como a lo relacionado en general con
el país.
Los términos hebreo, judío e israelita se
pueden emplear tanto para aludir al antiguo pueblo de Israel como para
la religión del judaísmo. En la práctica, sin embargo, es frecuente reservar hebreo para el concepto étnico y judío para el religioso, distinción que se recomienda observar.
No obstante, aunque no sea su sentido propio, se usa con frecuencia hebreo para lo relacionado con el Estado de Israel. Este recurso de referirse a lo relativo a un país mediante el nombre de su pueblo originario (germano y alemán, azteca y mexicano o galo y francés, entre otros) permite evitar reiteraciones y no puede considerarse incorrecto, aunque conviene no abusar de él y emplear de modo preferente israelí.
Así, aunque no es censurable una noticia como «El Gobierno hebreo
aprobó ayer una serie de medidas para intensificar sus operaciones»,
habrá sido preferible haber escrito «Gobierno israelí».
Finalmente, se recuerda que hebreo es el nombre adecuado de la lengua hablada en Israel y en comunidades judías de todo el mundo. Con este sentido no alterna con israelita ni con judío.
Una supuesta defensora
de los palestinos, que más bien pareciera una simple anti israelita, una “x” en
X, me alegó en un tuit que los palestinos “Nunca tuvieron la oportunidad de
formar un estado independiente”.
¿Pero esto es
cierto?
Yo no estoy de
acuerdo.
Las
intenciones de los judíos de conseguir su nación no eran precisamente secretas.
Pero no había un movimiento equivalente del lado palestino. Ni siquiera había
una consciencia de identidad “palestina” que los diferenciaran del resto de los
musulmanes y árabes. Por mucho tiempo los palestinos se los vinculaba con
Arabia, Egipto y especialmente Siria y Jordania.
Cuando ya se
percibía que los británicos se estaban tomando en serio el conseguir una
solución al asunto, los israelitas, acorde con quien busca conseguir un
objetivo, hacía tiempo que se estaban organizando, por lo que tenían tarea
adelantada, y para cuando la ONU, en 1947 ya estudiaba propuestas, los
palestinos no podían decir que los agarraron por sorpresa y por tanto,
desprevenidos.
Ya se hablaba
de una propuesta para la formación de 2 Estados, porque la idea original
británica de que fuera uno donde convivieran ambos les pareció a los miembros
de la comisión que debían dar una propuesta como que sería un laboratorio donde
inevitablemente se mezclaría el “nitro” (ácido nítrico) y la glicerina.
¿Hubo algún
intento de organizar un Estado palestino, por si se daba esta posibilidad? ¿Si
quiera hubo algún intento de organizar un Estado palestino con el fin de
abarcar todo el territorio de la región de Palestina y así impedir que surgiera
uno judío? ¿Es que entre los palestinos no había gente que soñara con tener su
propio Estado? ¿No tenían gente mínimamente preparada para, aunque sea, mal
emprender la empresa? ¿Los Estados árabes tenían alguna mínima intensión de que
existiera tal Estado? En todos los casos la respuesta es siempre No. La
oportunidad estaba ahí, lo que no había era la intención ni voluntad de
aprovecharla.
Los musulmanes
lo tenían claro. Su única opción era la guerra. Si, vamos, que cualquiera les
hubiese apostado.
Los israelitas
se atuvieron a las extrañas fronteras sugeridas por la resolución de la ONU. Su
Estado poseía una forma tan absurda y sin profundidad que lo hacía indefendible
contra un enemigo, y en este caso todos sus vecinos lo atacaron. Sus 4 vecinos:
Líbano y Siria, Transjordania (futura Jordania) y Egipto. Además de Irak y
voluntarios libios, saudíes y yemeníes
Ante tanta
superioridad imagino que los árabes, como muchos, pensarían que lograrían
masacrar a los judíos y la zona quedaría sin cambios. No habría Estado judío,
ni habría judíos. Si alguno sobrevivía a los combates y a las masacres
desalmadas, sencillamente emigraría. No había tampoco un proyecto para formar
un Estado palestino posteriormente.
Israel, el que no acata a la ONU…
Siempre se
acusa a Israel de que no acata las resoluciones de la ONU, pero fíjate, la
primera resolución, la famosa 181, con el establecimiento de los dos Estados sí
la acataron, pero a menos de dos días de proclamado su Estado, fueron atacados.
¿Fueron atacados
siguiendo la proporcionalidad que tanto invocan ahora? Creo que el que te
declaren la guerra 5 naciones y te ataquen soldados de 8, no es precisamente
proporcionalidad.
Volviendo,
fueron todos los árabes los que no aceptaron y no quisieron cumplir con el
mandato de la ONU para establecer los dos Estados. Tal vez a ellos les
parecería una decisión lógica en el momento, pero optaron por la peor vía
posible.
¿Y si hubiesen ido por el otro camino?
¿Y si en vez
de actuar como salvajes hubiesen acatado a la ONU?
Si en vez de
atacar, hubiesen respetado la frontera, centrándose en formar una nación y
hacer reclamaciones diplomáticas. Israel seguiría siendo esa extraña tira
delgada partida en 3 pedazos, de la resolución del ‘48, y los judíos no los
hubiese atacado (el Estado palestino seguramente hubiese firmado un tratado de
protección militar con cuanto país musulmán hubiese) y la región hubiese podido
comenzar potencialmente un nuevo período en paz. Muy probablemente Israel
estaría protestando ante la ONU poder tener acceso por tierra a Jerusalén.
Pero, bueno,
se equivocaron. Tenían que intentarlo y fracasaron. Ahora Israel ya había
crecido un poco tras el tratado de paz de 1949. Aquí tuvieron su segunda
oportunidad de oro. Por 18 años los territorios palestinos estuvieron en manos
egipcias y jordanas. Perfectamente, con asistencia de sus “hermanos” pudieron
organizar un Estado palestino. Nadie se los hubiera impedido. Pero ni los
palestinos lo aspiraron, mucho menos lo exigieron, ni ninguno de los países
musulmanes estuvo realmente interesado en que se formara tal país. Y les
hubiera ido mejor.
Se cacarea
mucho que la guerra del 48 provocó 700 mil refugiados, pero también provocó 900
mil judíos. Israel absorbió a todos sus refugiados, quienes pudieron
incorporarse al ciclo económico y social de la nación.
En cambio, los
refugiados palestinos, por una razón que no comprendo, bastante maquiavélica
fueron “privilegiados” a ser tratados de manera distintiva a todos los demás
refugiados, y a su vez condenados a ser siempre refugiados, generación tras
generación.
En las
naciones por donde se dispersaron siguen siendo refugiados y ni siquiera sus
hijos pueden recibir la nacionalidad de la nación anfitriona e incorporarse,
integrarse a su vida socioeconómica. Esto ha traído problemas en las sociedades
de esos países anfitriones al punto de que en algunos de ellos han sido
abusados, violentados y hasta expulsados.
Si hubiese
existido un Estado palestino, todos esos refugiados hubiesen podido
establecerse ahí, y lograr desarrollarse como sociedad integrada, liberando las
sociedades de sus países “hermanos”, que bien hubiesen podido auxiliarlos de
mil maneras distintas. Y aún con ese Estado, cada familia podría seguir
peleando ante tribunales internacionales su “derecho al retorno” (aunque no
tenga ningún sentido).
Entonces ¿qué
pasó ahí? ¿Es que los israelíes son más listos, para que, en esos mismos años,
sí supieron darle consistencia a su Estado y los palestinos ni adelantaran un
mísero grupo que intentara organizarlos? Era claro que no había ningún interés.
Su objetivo seguía siendo el mismo: destruir el Estado de Israel, cuyo progreso
les reventaba la bilis de envidia.
Y es cuando
viene el nuevo intento de vencer a Israel por la fuerza, de subyugarlo, de
aplastarlo como cucaracha. ¡Ah! ¡Espera! Israel se ha dado cuenta! Le ha
pillado las intenciones y preparativos, especialmente a Egipto y Siria, y
decide que, aunque ahora no es tan delgadito como antes, dividido en 3 partes,
sigue sin tener mucha profundidad para un margen mínimo de maniobra, ni
defensas naturales que le permitan hacerse fuerte, ni un ejército más grande
que la suma de sus vecinos, por lo que, por el bien de los suyos, y ante un casus
belli al ser navalmente bloqueados, ataca primero, antes de que se concrete
el enemigo y sean superados. Es seguro que, de no haberlo hecho, no hubiesen
sobrevivido, pues ese era el objetivo señalado en toda la propaganda árabe.
Es cuando
Israel ataca y vence las fuerzas de sus vecinos República Árabe Unida (Egipto),
Siria y Jordania, e Irak, que quiso asomarse donde no le llamaban. Y ahí se
ocupan los territorios que le dan un poco más de coherencia a la defensa de la
nación, pero que trae como consecuencia que ahora ocupen un territorio lleno de
población hostil.
Si el gobierno
de Israel o los israelíes hubiesen tenido vocación o planes genocidas, hubiesen
aprovechado ese momento para provocar un fuerte desplazamiento de la población
palestina. Una represión tan brutal que los hubiese hecho huir a Jordania,
Egipto y demás países. Ya sabemos que eso no ocurrió, ni remotamente parecido.
Que se crearon
colonias, que había represión… Si esta población es desde el principio hostil
al punto de organizar ataques y atentados, de lógica que se monte todo un
sistema de vigilancia y represión, y éste nunca será una cita rosa.
A pesar de que
los Acuerdos de Oslo de 1993 fueron saboteados, no se abortaron por completo y
se siguió intentando caminar por la ruta señalada.
La OLP e
Israel se reconocieron mutuamente e Israel reconoció a la Autoridad Nacional
Palestina y ésta tuvo sus elecciones. Así como la definición de las 3 zonas de
control de Cisjordania. Las conversaciones continuaron y en 1995 se establecen
las 3 zonas, devolviéndose (y evacuando de judíos) 6 ciudades palestinas. En el
97 se devuelve la emblemática Hebrón. El control palestino se establece de
forma total en la zona A comenzando siendo un 3% del territorio,
aproximadamente, que irá creciendo paulatinamente, recibiendo el control de las
funciones civiles de la mayoría de la población palestina, incluso en la zona
B, donde Israel sólo mantendrá el control de la seguridad.
En 1998 se
plantea entregar más territorio a cambio de paz. Nuevo planteamiento con la
misma filosofía en el ‘99.
En el 2000
Israel ofreció ceder bajo control absoluto de los palestinos el 66% de
Cisjordania + otro 17% bajo vigilancia israelí a cambio de la paz.
También se
hizo otra propuesta donde se cedía el 91% del territorio a los palestinos.
Los palestinos
no quisieron llegar a ningún acuerdo. Por supuesto que no todos los problemas
entre Israel y Palestina quedarían resueltos, pero eran una excelente
oportunidad de construir su nación. No quisieron las oportunidades para llevar
la paz a la región y poder centrarse en construir su sociedad, para prosperidad
de su pueblo, porque sencillamente no es lo que aspiran.
Bajo el
espíritu de los acuerdos anteriores, los israelitas abandonaron Gaza
unilateralmente y entre el 2006 y el 2008 se les propuso un intercambio de
tierras donde, los israelitas se retirarían de Cisjordania, menos en, como máximo,
un 8,5% del territorio, y los palestinos pasarían a recibir un 5,8% del actual
territorio israelita. Tampoco quisieron.
Desde el 2013
los palestinos tienen el control absoluto del 39% del territorio cisjordano,
pero, pobres, tampoco tienen ninguna oportunidad de formar un Estado serio.
Los palestinos
nunca cumplieron su parte de luchar contra los grupos terroristas y abandonar
la violencia, por lo que Israel siguió fundando colonias y teniendo un fuerte
aparato de vigilancia y represión. ¿Se les puede reclarmar?
Los argumentos
que alegan de que Israel es un Estado terrorista dominado por el sionismo que
quiere «gobernar
desde el río hasta el mar» es un absurdo, pues si fuera real ni hubiese de vuelto
Gaza ni dado autoridad a los palestinos en Jordania (o sea, es como que no se
han enterado que ya habían conseguido el gobernar desde el río hasta el mar).
En cambio, esa
misma consigna sí la repiten y adoctrinan los grupos terroristas. Justo, uno de
ellas, al que le votaron en forma masiva en las elecciones en Gaza del 2006. Y
en Cisjordania se van eternamente retrasando las elecciones porque el
presidente Abás sabe que también votarían masivamente por Hamás.
Hamás en sus
estatus publicados en 1988 dejaba claro que no buscaba crear un Estado
palestino sino la destrucción de Israel, sin negociación. ¿Un pueblo que voto
por esto quiere, aspira a tener su propio Estado? ¿Pueden tener el derecho de
decir o sus fans de alegar que nunca han tenido la oportunidad de formar su
Estado?
Para los que les pueda interesar
estadísticas sobre ataques y actos terroristas sobre Israel, dejo por aquí una
serie de direcciones ilustrativas (también compartidas en X):
Principales ataques terroristas
palestinos desde el acuerdo de Oslo hasta el 2005:
La organización Human Rights Watch,
por su puesto, tiene informes en contra de Israel, pero también contra los
terroristas. Por ejemplo, contra Hamás en el 2002:
Amnistía Internacional también
tiene muchos reportes contra Israel, pero a pesar de mostrar una clara
tendencia anti israelita y prácticamente no reclamar ningún atentado contra esa nación, apesar de que son
evidentes crímenes, igual tienen contra Hamás y aliados. Algunos ejemplos:
Hamás hace brutal represión a la
libertad de expresión con torturas a los gazatíes (2019):